No perdamos el rumbo


Un maestro oriental, impresionado por el progreso espiritual de su alumno, le permitió a éste quedarse a vivir solo en una choza, al lado de un río. Todas las mañanas, después del periodo de oraciones, el alumno lavaba su pantaloncito, que era su única posesión, y lo colgaba en un árbol.

Un día, las ratas lo hicieron trizas, y el alumno debió andar mendingando en el pueblo para conseguir el dinero para comprarse otro. Pero las ratas volvieron y nuevamente dieron cuenta de su prenda. Fue así como, luego de conseguir un pantaloncito nuevo, el alumno debió de hacerse de un gato para terminar con las ratas. Sin embargo, el alumno se encontró con un nuevo problema, que no había previsto. Ahora, además de mendigar para su propio sustento, debía hacerlo para la leche del gato. Después de un tiempo, decidió conseguir una vaca, porque así tendría leche permanente para el gato, pero, a poco de tenerla, se dio cuenta de que necesitaba pasto para ella.

Así, cada vez más exigido por el animal, concluyó que todo esto le consumía tiempo para dedicarse a su vida espiritual. Por eso, decidió cultivar el terreno que rodeaba la choza y, como él no tenía tiempo y paciencia para dedicarse a esta función, contrató a dos peones para que lo hicieran por él. Pero a los peones había que controlarlos, por lo que decidió casarse y encargarle a su mujer la responsabilidad de realizar esa función. Pasado cierto tiempo, haciendo arreglos, uno tras otro, se convirtió en la persona más rica de la aldea.

Un día, después de mucho tiempo, pasó el maestro y encontró que, en lugar de la antigua choza, había una mansión impresionante. Se acercó a uno de los trabajadores y le preguntó si sabía algo de su antiguo discípulo, pero éste último, que lo había visto desde lo alto de la casa, salió corriendo al encuentro de su maestro. Cuando lo tuvo frente a él, solo atinó a exclamar con admiración: “!Maestro!” Éste, algo confundido, con una mezcla de extrañeza y reprobación, le preguntó balbuceando a su discípulo: “Pero, ¿qué es esto?”. Y el discípulo, con toda naturalidad le respondió: “Aunque le parezca mentira maestro, ésta fue la única manera de conservar mi pantaloncito”.


Hoy en día es muy fácil dejarse llevar por el consumismo y las corrientes de esta sociedad moderna y globalizada. Muchas personas y organismos inician una labor basada en principios verdaderamente nobles, y bíblicos, pero con el caminar, poco a poco, como en el caso de esta historia, es probable que nos desviemos de la razón original para hacer las cosas.

Estos desvíos no suelen llegar de la noche a la mañana, son el proceso del tiempo. Si se nos pregunta si nos vamos a desviar o a dejarnos llevar por las tentaciones, respondemos que no, nos sentimos fuertes y seguros de nuestras creencias, pero es porque estamos haciendo una comparación de una situación actual, de fidelidad, persistencia y pureza, a otra extrema de abandonar la fe en la que se ha creído.

Es común ver como personas que una vez que creyeron en Jesucristo, en su encarnación, muerte, resurrección y promesa de volver para establecer el orden final de todas las cosas, se alejan, agoviados por la desesperanza que fue haciendo su nido a través del tiempo. Esto no suele llegar de la noche a la mañana, es un proceso que se va dando con el tiempo, a través de pequeñas concesiones que vamos haciendo, pero que van minando nuestra fe.

Es un buem momento para examinarnos, ser conscientes de las concesiones que hemos hecho y de las que eventualmente podríamos hacer, esas áreas en las que definitivamente aún somo débiles, y que podrían llegar a matar nuestra esperanza en Cristo Jesús. No en vano el apóstol Pablo le deja estas palabras a Timoteo:

"Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.
Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.
Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato,
que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo,
la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores,
el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén"
(1Ti 6:11-16)

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